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La energía y la infraestructura sostenible en la recuperación económica post-pandemia

El COVID-19 no es una ayuda a frenar el cambio climático pese a un moderado descenso en la contaminación por la menor actividad industrial y transporte, pero nos permite repensar decisiones de política energética que tendrán un impacto relevante en el clima durante décadas, y deben contribuir a mitigar el problema.

Viendo las noticias sobre parques con animales y cielos azules durante los confinamientos producidos por el COVID-19, uno puede pensar que la pandemia al menos habrá ayudado con nuestro problema climático global. Pero no hay nada más lejos de la realidad.

Es cierto que el frenazo económico producido por los confinamientos ha llevado a un descenso del consumo de energía y transporte, con consiguientes bajadas de precio y reducciones de producción en las plantas termoeléctricas – que queman combustibles fósiles para producir electricidad. Aunque también es cierto que el efecto de esta reducción de la contaminación local es mínima en términos globales, dada la acumulación de gases de efecto invernadero en la atmósfera, y que la necesaria reactivación de la economía podría implicar un repunte de las emisiones.

Se podría pensar que la pandemia tiene poca relevancia con el sector de energías renovables, más allá de la breve disminución de las emisiones durante esta. Sin embargo, nos permite dimensionar los efectos en la humanidad de una catástrofe global, como lo es también el cambio climático, y la necesidad de abordarla de manera decidida y urgente.


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La pandemia también nos obliga a repensar el status quo en muchas políticas públicas, incluida la política energética, por su impacto en el clima y también en la recuperación económica y de empleo. La apuesta verde ha de servir como guía para decisiones de inversión que definirán nuestra relación con el entorno y la lucha contra el cambio climático durante décadas.

Un reciente estudio de BloombergNEF indica que la disminución en los precios de la generación renovable – desde hace años, el mayor obstáculo para una completa descarbonización de la economía – se ha acelerado en los últimos años. De acuerdo con el informe, los precios de los módulos fotovoltaicos han caído de unos $2 por vatio generado a $0,21 durante la última década; y los de turbinas eólicas terrestres de $1,7 por vatio a $0,7.

Así las cosas, no es de extrañar que la experiencia de América Latina y el Caribe (ALC) con la energía renovable haya sido muy positiva, y el auge de este tipo de generación haya tenido un gran efecto para cumplir los objetivos ONU de desarrollo sostenible. A pesar de un incremento espectacular de la generación eléctrica en ALC, más de la mitad de la nueva capacidad en los últimos seis años provino de recursos renovables, con efectos favorables para la reducción de emisiones de gases que contribuyen al cambio climático.

Gráfico

Al mismo tiempo, hay mucho margen para mejorar en la región: unos 22 millones de personas en ALC no tenían acceso a la electricidad en 2017, y un 12% de la población no puede cocinar en condiciones higiénicas por la contaminación del aire en sus hogares.

La labor de BID Invest en este campo se centra en promover soluciones de financiamiento en toda la cadena energética. Desde proyectos de escala industrial que permiten suministrar de energía a ciudades enteras, hasta para soluciones de electrificación a los sectores más vulnerables y alejados de la región. También contribuyendo a inyectar liquidez a los mercados energéticos de la región en los momentos más complejos de la pandemia.

Ejemplos recientes son los proyectos Villanueva 1 y 3 y Don José, en México, que aportaron un influjo energía solar a dicho mercado, o nuestra inversión en Kingo, una plataforma que provee soluciones de auto-generación en sectores rurales de Guatemala y Colombia.

En estos últimos años ALC ha demostrado que ha sido capaz de aprovechar sus condiciones naturales favorables, tales como alta radiación solar y perfiles de viento sostenidos que pueden ser aprovechados para generar electricidad. El hecho de que la región haya tardado más que algunos países desarrollados en incorporarse a la revolución verde significa que las nuevas instalaciones renovables pueden hacerse con tecnologías más eficientes y a precios más competitivos.

La emergencia sanitaria y la posterior contracción económica que ha generado el COVID-19 es una muestra de las consecuencias de las amenazas globales. La descarbonización de las economías en ALC se impone como uno de los aspectos fundamentales para contribuir a evitar que a esta crisis la siga una crisis climática. El cambio de las matrices energéticas de los países hacía fuentes energéticas renovables y no contaminantes es el camino para alcanzar un crecimiento sostenible.

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Escrito por

Fernando Cubillos

Fernando lideró hasta 2023 el equipo de Energía de BID Invest, donde ingresó en 2017. Era responsable del desarrollo de estrategias, planes de negocios, gestión de clientes y estructuración de transacciones del sector Energía en América Latina y el Caribe. Antes de ingresar al Grupo BID, Fernando fue Socio Directivo de Antuko, firma especializada en Energía en Chile y México, donde lideró estructuras de comercialización innovadoras para energías renovables. Anteriormente, lideró la práctica de Mercados Ambientales para Latinoamérica en J.P. Morgan. Cuenta con más de veinticinco años de experiencia en mercados energéticos, con énfasis en el financiamiento de proyectos de energía y cambio climático. Fernando tiene una maestría en Administración de Empresas (MBA, por sus siglas en inglés) de la Universidad de Maryland (EE. UU.), así como un título y una licenciatura en Ingeniería Civil Industrial y Electricidad de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

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